Cabrera, un mundo aparte

Publicado en EL PAIS, 16 de septiembre de 2015.

cabrera

En abril de 1944, un fallo en el motor del avión en el que viajaba acabó con la vida del soldado alemán Johannes Böckler. Sus restos, recuperados del mar balear, fueron enterrados junto a los de un pescador local conocido como En Lluent en las inmediaciones del castillo de Cabrera. No pasó mucho tiempo antes de que los pescadores y militares que frecuentaban la isla empezaran a denunciar que su espíritu los asediaba, seguramente disgustado por tener que afrontar la eternidad tan lejos de su casa. Así fue que contactaron con la Comisión de Conservación de Tumbas Militares Alemanas, la cual organizó el rescate de los restos. Los lamentos del fantasma, sin embargo, no cesaron. Uno de los pescadores preguntó entonces qué cadáver se habían llevado, el que estaba recto o el que estaba atravesado. Hoy día, muchos piensan que el cuerpo exhumado fue el del pescador En Lluent, y que esa es la razón de que el fantasma siga deambulando por la zona.

Al igual que muchas otras cabreras mediterráneas —Capri, Caprera, Capraia o Giglio—, la isla de Cabrera ha permanecido deshabitada durante largos periodos de la historia. Restos púnicos, romanos y paleocristianos han sido hallados en sus costas, pero lo cierto es que, cuando la visitamos, ninguno de esos fantasmas —tampoco el de Johannes Böckler— hizo acto de presencia. La sensación era más bien la de estar muy lejos de cualquier tipo de civilización, en un tiempo suspendido y en una tierra prácticamente virgen que costaba ubicar a escasas diez millas de Mallorca.

 

La llegada por mar es quizá uno de los momentos más impactantes de la visita. Después de pasar junto a los islotes de Na Foradada, Na Pobra y Na Plana, se deja atrás la Illa dels Conills y ya se puede ver la silueta del castillo que domina la entrada al puerto. Construido en la Edad Media para servir de escudo contra los piratas berberiscos que asediaban Mallorca, constituye una visita obligada una vez que se ha fondeado en la bahía. El puerto natural de Cabrera está preparado para recibir 50 embarcaciones particulares, que deben tramitar un permiso para pasar allí la noche. Como medida de protección ambiental, está prohibido tirar el ancla, con lo que la única opción es amarrarse a una de las boyas colocadas con ese fin.

Desde el año 1991, el archipiélago ha sido declarado parque nacional marítimo terrestre, lo cual ha posibilitado una recuperación de la flora y la fauna que hace pensar en lo generosa que puede ser la naturaleza cuando le damos un respiro. Los meros y las corvinas se acercan a observar a los visitantes sin ningún miedo cuando se sumergen en sus aguas —la pesca está rigurosamente prohibida—, y los bosques de pinos que antaño cubrían trozos aislados ocupan hoy un área de cientos de hectáreas. Embarcaciones turísticas salen cada día desde la Colonia Sant Jordi y Portopetro en excursiones por el día, y desde el año pasado se ha habilitado un refugio con 12 habitaciones en las que se puede pasar hasta un máximo de dos noches para recorrer con más calma la privilegiada geografía del lugar

Desde la playa de Espalmador nace un camino de piedra que trepa las colinas hacia el sur. Después de una hora de ascenso por la naturaleza más salvaje, acompañados de una ingente variedad de aves —hasta 150 especies tienen a Cabrera en su ruta migratoria— y de las lagartijas endémicas que a cada momento salen a nuestro paso, empezamos a descubrir el mar abierto al otro lado de la isla. La cara suroeste de Cabrera se descompone en un paisaje de acantilados primigenios que corona en la península de Ensiola, con el faro en la cima. La pista baja lentamente desde la cima del Coll Roig hasta el nivel del mar para luego volver a subir. El paseo dura unas cinco horas, en las que la dramática fisonomía de la costa se combina con el horizonte azul e infinito. Solo por esa caminata ya ha valido la pena la visita.

La luz de Sa Cova Blava

Cabrera es también un paraíso submarino. Sa Cova Blava es uno de los puntos más emblemáticos en este sentido, sobre todo a media tarde, cuando los rayos del sol iluminan la cueva produciendo espectaculares efectos de luz y color. Para el buceo con botellas está la zona de Punta Galiota. Diariamente se extienden permisos a todos aquellos que quieran visitarla.

Otro de los paseos obligados es el que une el puerto con la colina La Miranda, desde donde pueden obtenerse unas vistas espectaculares. En el camino se pasa por la antigua casa de la familia Feliu —últimos propietarios de la isla antes de que esta pasara a manos del Estado—, por el celler (bodega) reconvertido en museo y por el monumento en memoria de los soldados franceses, sombrío recordatorio de uno de los episodios más negros de la historia de Cabrera: tras la batalla de Bailén, algo más de 13.000 prisioneros del ejército napoleónico fueron encarcelados en la isla y, producto del hambre, la sed y el abandono al que fueron sometidos, apenas 3.000 lograron salir con vida.

A la naturaleza, sin embargo, estas historias le son ajenas. Con paciencia de anciano ha visto pasar a los hombres que desde la edad del bronce han querido dejar su huella en estas tierras. El sol y el aire del mar van lavando sus rastros, y la vida fluye en el archipiélago tanto en el agua como en la costa. Más de 400 especies botánicas, 200 de peces y numerosos invertebrados —además de las aves que lo habitan y lo frecuentan— renuevan cada día el pacto de eternidad entre el cielo y la tierra. El silencio del atardecer nos encuentra flotando en la bahía. El sol cae sobre las colinas y despide otro día en la isla de Cabrera.

Javier Argüello es autor de la novela A propósito de Majorana (Literatura Random House).


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