Desembarco en la isla del Oso

Publicado en El País, 26 de Agosto de 2014.

¿Cuándo empieza un viaje? ¿Cuándo subimos al avión, en el momento de comprar los billetes o cuando empezamos a imaginarlo? Hacía ya dos semanas que estábamos en el norte de Noruega y hacía una que nos habíamos embarcado en el velero Sterna, pero fue sólo entonces, mientras dejábamos atrás la última punta del continente europeo para adentrarnos en el mar de Barents, que sentimos que el viaje realmente comenzaba. Desde que empezáramos a planificarlo -desde que compramos la primera camiseta térmica y miramos por primera vez en internet el clima de la región hacia la que nos dirigíamos- todo apuntaba al momento en que dejaríamos atrás el mundo conocido para internarnos en el Océano Glacial Ártico.
En torno a la mesa de cartas se organiza una pequeña reunión en la que se nos explican las normas que regirán a partir de ahora. Albert, el líder de la expedición, nos vuelve a dar la bienvenida, nos pone al tanto de los procedimientos de seguridad, nos asigna funciones específicas y nos explica la ruta a seguir. Si bien los icebergs debieran empezar más arriba, como medida de precaución todo el tiempo habrá dos de nosotros oteando el horizonte por lo que pudiera pasar. Fin de la reunión. Un aplauso surge espontáneo de las manos de los presentes. Como si recién nos encontráramos, nos saludamos, nos deseamos suerte y nos preparamos para zarpar.
Los primeros momentos de un viaje como ese están cargados de expectación. La velocidad a la que se mueve un velero –incluso el Sterna, que es de navegación rápida- no supera en promedio los veinte kilómetros por hora. La tierra tarda horas en perderse de vista y la sensación de que no se avanza puede llegar a resultar incómoda. Poco a poco, sin embargo, el ánimo se va desprendiendo de los tiempos de tierra para impregnarse del ritmo de a bordo, en donde el reloj se desdibuja y cada cosa encuentra su lugar. Una charla sobre la carta de navegación toma el tiempo que toma. Poner agua para un café y compartirlo en cubierta observando las olas cruzar la proa puede llenar parte de una jornada. De nada sirve impacientarse ni querer avanzar acontecimientos. La primera lección que el mar enseña es que las cosas llegarán cuando tengan que llegar. No llevamos ni veinte millas cuando el chorro de una ballena asoma por la popa. Más tarde aparecen los delfines que nos acompañarán gran parte del trayecto. Siempre es reconfortante –y dicen los marinos que de buen augurio- que vengan a saludar.
El mar de Barents debe su nombre a un expedicionario holandés del siglo XVI. En su intento de hallar el paso del noreste, Willem Barents llevó a cabo hasta tres intentos -todos fallidos- de rodear Siberia por el norte para encontrar una nueva ruta comercial a oriente. En el primer viaje se encontraron con un oso polar e intentaron subirlo a bordo. El jaleo que armó el animal una vez en cubierta fue tal que hubo que sacrificarlo. La isla junto a la que lo hallaron fue bautizada con el nombre de Isla del Oso y constituye nuestro destino inmediato. En su tercer y último viaje, además de encontrar la muerte en las costas de Nueva Zembla, Barents descubrió el archipiélago de Svalbard, nuestro destino final.
El sol permanece en el cielo de forma ininterrumpida pero son pocos los momentos en los que lo vemos brillar. Entre las nubes y la bruma, avanzamos envueltos por un silencio de nieve a través de unas aguas color petróleo. Al tercer día de travesía, de entre la densa niebla vemos aparecer la silueta afilada de la Isla del Oso, el único trozo de tierra entre el continente europeo y Svalbard, y sólo habitada por los nueve científicos de la base meteorológica allí instalada. No existe ningún medio de transporte regular que lleve a nadie hasta ahí. El lema del Sterna (“todavía quedan lugares en la tierra a los que sólo se puede llegar desde el mar”) se cumple aquí a la perfección. Una yerma ladera que sube desde el embarcadero exhibe los antiguos raíles que traían el carbón desde una mina ahora abandonada. Junto a ellos, los restos de la cabaña más vieja que aún se conserva. Un cartel anuncia el año de su construcción: 1822.
Finn, el director, nos recibe en la puerta de la base. Separadas unos veinte metros unas de otras, se encuentran las casetas de los cuatro huskys que acompañan al personal en sus paseos y que avisan de la posible presencia de un oso polar. Al entrar nos encontramos con las botas y los trajes térmicos colgados en fila y con una serie de fusiles, cada uno con el nombre de su dueño, dispuestos junto a la puerta. También vemos las fotos de los distintos equipos que por ahí han pasado. Las armas, los científicos y el asilamiento extremo, nos hacen pensar en películas como La cosa o El resplandor. A lo largo de todas las instalaciones se pueden encontrar armeros con rifles y munición listos para ser usados en caso de que un oso haga acto de presencia. Al parecer el nombre de la isla no se queda en una mera anécdota. Después del tiburón blanco y de la pantera negra –y por encima del león y del tigre-, el oso polar es el tercer carnívoro más peligroso del planeta.
Finn tiene alrededor de setenta años. A los diecisiete entró a trabajar en la marina mercante y dio varias vueltas al mundo. Luego regresó a Noruega, formó una familia y se incorporó a la armada como personal civil en la rama de inteligencia militar, pero de eso no puede hablarnos porque si no nos tendría que matar, bromea. Ya ha perdido la cuenta de las temporadas que ha pasado aquí. Los turnos son de seis meses y cada vez hay que volver a postular. Puede tocar en invierno o verano. Talleres de carpintería, electrónica y mecánica sirven de entretenimiento para las horas muertas. Cuando el tiempo lo permite, se puede salir a dar un paseo de un par de días, para lo cual hay dispuestas nueve cabañas a lo largo de la geografía de la isla.
Por la noche cenamos temprano y, si bien la charla es escasa, somos testigos de la camaradería que existe entre los integrantes del equipo. Luego pasamos a un salón decorado con la piel de un oso en el que se comentan las incidencias del día. El código es indiscutiblemente masculino. Finn me explica que se parece mucho a la tripulación de un barco. Steinar, el mecánico, me cuenta que es su primera temporada en la base. Luego de años de trabajar como ingeniero en empresas automotrices fue asignado a un puesto ejecutivo en oficinas, y al cabo de un tiempo sintió la necesidad de volver a ensuciarse las manos. Su mujer estuvo de acuerdo y él considera que incluso para la salud de la pareja es beneficioso ese tiempo de soledad. Es la primera vez en su vida que consigue dejarse la barba. A su mujer no le agrada como le queda.
A la mañana siguiente nos despedimos de la base y sus moradores y volvemos a hacernos a la mar. Navegar a vela es una de las actividades más antiguas que existen y, salvo algún detalle técnico, poco ha cambiado desde que los primeros hombres se atrevieron a practicarla. Más allá de algunas mejoras puntuales y de los modernos sistemas de geoposicionamiento, una vez que se ha salido las únicas leyes que rigen son las del viento y las del mar. Me recuesto en mi litera y abro el libro que estoy leyendo. En la proa del Sterna la solemne inmensidad del oleaje. Próxima parada Svalbard: el último trozo de tierra antes de que los hielos eternos cubran el Océano Glacial.


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