Dos días de verde pirenaico

El País, 02 de Septiembre 2006.

Ayer estuve en Francia. Fui caminando. Tren hasta el valle de Nuria, y desde allí, atravesando los Pirineos, hasta la cuenca del Carança, el mismo camino que muchos republicanos tuvieron que hacer años atrás. Su recuerdo, inevitablemente, impregnó parte del camino.

Nunca había ido andando hasta otro país. Resulta curioso saludar a alguien en castellano y algunas horas después oír que el próximo ser humano nos lanza un local bonjour, sin que ninguna frontera visible haya sido salvada. Paso a paso, el valle va dando lugar a la montaña. Si se lo están preguntando, la respuesta es no: no existe ninguna línea blanca que indique el límite entre ambos países. Sólo los picos y las piedras, mudos testigos de todo el que por allí haya pasado, escondido o a pleno sol, de paseo o en busca de un destino no escogido.

Primera etapa

Dejamos el santuario de Nuria a las once de la mañana. La primera etapa consiste en una ascensión de 800 metros hasta los 2.796 del collado de Neucreus, máxima altitud que nuestro recorrido alcanzará. Con las mochilas en la espalda salvamos el sector de las pistas de esquí y nos encaminamos hacia el puente de L’Escuder. Los prados ofrecen el aroma y el verdor que sólo las zonas de montaña conocen. El sol se deja caer inclemente sobre un aire reseco que a medida que ascendemos se vuelve más y más liviano, y un grupo de vacas pasta mansamente junto al arroyo.

A mitad de camino, el terreno se vuelve pedregoso. Aún pisamos el verde, pero los manchones de roca cada vez más frecuentes anuncian la inminente entrada en el páramo. De pronto, un movimiento llama nuestra atención. Se trata de un grupo de cinco marmotas que se nos quedan mirando y que, curiosamente, no lanzan ningún aullido. Me explican que es raro verlas, ya que generalmente la que oficia de vigía lanza un grito al divisar a un intruso y todas corren a esconderse. Éstas, sin embargo, se muestran curiosas. Un poco más arriba y sobre la otra cara del circo aparece un grupo de unos veinticinco rebecos que también nos observan antes de desaparecer. Con agilidad asombrosa sortean los riscos a saltos. Se inicia así la última parte de la ascensión, que se corresponde también con la más dura. Un desnivel del 45% nos separa de la cima.

Es extraño el vértigo. No soy especialmente propenso a padecerlo y no puede decirse que haya sido eso lo que sufrí, pero en aquella última parte de la subida he de reconocer que la caída que dejábamos a nuestras espaldas, sumada a la imponente vastedad del escenario, logró intimidarme por momentos. Alcanzamos la cumbre a las dos horas de marcha y con un agotamiento de piernas que prometía hacerse notar en el descenso que nos esperaba: unos novecientos metros hasta los 1.831 del refugio. Descansamos junto a las cruces, que, a pesar de lo que se diga, son diez y no nueve. En un primer momento pensamos que se trataba de maquis, pero al parecer rinden homenaje a un grupo de montañeros que se vieron sorprendidos allí por una tormenta. Miramos hacia Francia y el tiempo parece bueno. El parte lo anuncia estable hasta la tarde del día siguiente.

Sobre el principio del lado francés, algunos lagos se reparten aquí y allá, y resulta curioso observarlos desde arriba. Manchones de gris metálico en medio del yermo pedregal. Al parecer, la cara norte guarda mayor humedad que su vecina, lo cual se verá confirmado en los bosques de pinos que nos esperan abajo. En el primer lago hacemos una parada para refrescarnos. Bebemos y comemos, y hasta nos permitimos una breve siesta. El sol comienza a dejar su marca en las zonas expuestas a pesar de las precauciones que hemos tomado al respecto: cremas protectoras, sombreros de alas anchas y ropa liviana y de colores claros. Las botas de trekking se hacen indispensables. A medida que descendemos, el valle comienza a angostarse y el verde parece invadir cada rincón. Un rebaño de vacas rubias ataviadas con grandes cencerros termina por definir el aroma suizo de la estampa. Atravesamos tres lagos más y nos sumergimos en el bosque, que, luego de un par de horas, nos conduce hasta el refugio. La noche se anuncia oscura gracias a la ausencia de luna, ideal para sentarse a contemplar las estrellas. Una imponente pared mineral sirve de marco a la llanura. Nos disponemos a esperar el comienzo del espectáculo, pero el cansancio nos traiciona y no llegamos a verlo.

Segunda etapa

Nos levantamos temprano. Queremos alcanzar el tren de las dos en Thués-entre-Valls, para lo cual debemos descender aún otros mil metros. El tren es el Traine Jaune, que recorre gran parte de la Cerdanya francesa, desde Villefranche-de-Conflent hasta La Tour de Carol, en la frontera, donde conectamos con el que nos llevará de vuelta a Barcelona.

 

El descenso se hace duro por la abundante vegetación y por lo estrecho del terreno que el valle deja al cauce. Pasarelas y puentes colgantes ayudan al caminante a sortear el río en algunos tramos, sobrevolando literalmente sus saltos y cascadas. El final guarda una sorpresa no apta para vértigos extremos: un corredor de un metro de ancho abierto en la roca con una caída libre de unos cien metros al costado debe ser salvado antes de llegar. Un cable de acero adosado al muro que hace las veces de pasamanos ayuda a volver la experiencia algo menos traumática.

Llegamos a Thués-entre-Valls y, después de refrescarnos, nos dirigimos a la estación donde cogemos el tren amarillo. El recorrido es tan impresionante como nos habían prometido, el verano exagera la luz de los bosques y de los prados, y mecidos por el traqueteo de la vieja locomotora, antes de darnos cuenta alcanzamos nuestro destino. La Tour de Carol, todos abajo. Sobre el muro de la estación -y por si el espectacular paisaje me lo había hecho olvidar-, una placa me recuerda el carácter histórico del camino transitado: “En recuerdo de los republicanos españoles que pasaron por esta estación camino del exilio en febrero de 1939”. Con ellos en el pensamiento dejamos atrás los Pirineos.


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