El padre Marc lo sabe

El Pais, 9 de Octubre 2012

Dónde vives?, me pregunta el padre Marc. En Barcelona , respondo. No, no. Te pregunto que dónde vives. ¿En Cataluña?, pruebo. No. Bueno, sí, en una pequeña parte, me dice, pero esa no es la respuesta.

Conocí la ruta del Císter por casualidad. Habíamos ido a pasar el fin de semana al hotel Regina Spa Art Decó, en la provincia de Lleida, un antiguo edificio de piedra restaurado con mimo por sus actuales dueños en el más puro estilo art déco de los años veinte, el cual además de descanso y relax en un entorno muy bello ofrece toda una variedad de terapias de baños y masajes. Fue allí en donde nos hablaron de los monasterios cistercienses y, una vez repuestos en cuerpo y alma de todos nuestros males, decidimos salir a recorrerlos.

 

La orden del Císter se extendió por Europa a partir del siglo XI con la intención de recuperar la figura del monje como persona dedicada a la oración, al trabajo y a la acogida de peregrinos, y en rechazo a la relativa riqueza y comodidad en la que algunos monasterios habían incurrido. Así, en Cataluña, y en estrecha vinculación con la corona catalano-aragonesa, se levantaron los conjuntos monumentales de Vallbona de les Monges, Santes Creus y Poblet, con el fin de colonizar las despobladas tierras de lo que hoy representa la frontera entre las provincias de Tarragona y de Lleida.

¿Qué es lo más importante en esta vida?, me pregunta el padre Marc. ¿El amor?, pruebo, ¿el perdón? Que no, que no, me responde y, acercándose hasta donde estoy, me tapa la nariz y la boca. ¿Qué es lo más importante ahora? Respirar, respondo cuando su mano me lo permite. Él asiente satisfecho y retomamos la marcha.

El monasterio de Santes Creus es el único de los tres que no alberga comunidad monástica desde que en 1835 la misma abandonara el edificio a causa de la desamortización de Mendizábal. En 1921 fue declarado monumento nacional, y hoy sirve de grandioso decorado para conciertos y otras actividades culturales organizadas allí por la Generalitat. El de Vallbona de les Monges es el monasterio femenino de la ruta. Su origen se remonta a una comunidad de anacoretas cuya parte femenina se incorporó en 1175 a la orden del Císter. En 1573, y a causa de la prohibición por parte del Concilio de Trento de que existieran monasterios femeninos en el descampado, la abadesa de aquel entonces decidió ceder parte de las tierras aledañas a la abadía a familias campesinas con el fin de rodearse de una zona urbanizada. Así nació la aldea que circunda el monasterio, el único de la ruta que no cumple con el precepto de aislamiento con el que originalmente fueron ideados.

Una honda impresión

El monasterio de Poblet es el más impresionante de los tres, el que mayor poderío económico y político detentó en su momento y el que más honda impresión me produjo cuando tuve la oportunidad de adentrarme en sus muros de piedra, en sus arcadas románicas y góticas. El padre Paco, encargado de la hospedería, me invitó gentilmente a pasar unos días con ellos. Acepté.

¿Qué es lo más importante en la vida?, me pregunta el padre Marc ¿Respirar?, arriesgo. Eso también, pero luego de respirar hay que dar gracias por poder hacerlo. ¿Y a quién tienes que agradecérselo? A Dios, respondo casi seguro de acertar. No, hombre, a ti, a ti.

A las cinco de la mañana empieza el día en Poblet. La Luna está aún alta en el cielo cuando los monjes atraviesan el claustro para celebrar maitines. A las 8.30 desayunamos en el refectorium, en donde se servirá también la comida y la cena. Se toma el alimento en un silencio solo roto por la voz del monje que lee trozos de las escrituras o el testimonio de algún misionero que narra sus experiencias. Se habla poco en el monasterio, se come y se duerme lo justo.

El padre Matías me encuentra leyendo a la sombra de un árbol. Es la hora del sol pesado. Si quieres estar fresco hay un sitio detrás de la viña donde los antiguos monjes guardaban la nieve que traían de las montañas para conservar frescos los alimentos, agrega. Me indica cómo encontrarlo y hacia allí me dirijo. El pou del gel se asemeja al interior de un huevo de tres plantas de altura. Si afuera la temperatura supera los treinta grados, allí no alcanza los diez. Arcaica tecnología perfecta en función y forma.

Hacia las nueve de la noche tiene lugar la lectura en la sala capitular. Las campanas la interrumpen para llevarnos a completas. En el corazón de la iglesia, y con una tímida vela como única fuente de luz, escucho los cantos de los monjes que resuenan entre las bóvedas, idénticos a los que se oían ahí hace ocho siglos y con los que parece se mezclaran en el eco de la piedra. En silencio nos retiramos al descanso.

Al otro día quedo con el padre Marc para recorrer el monasterio y enterarme así de la historia de las piedras. Con minucioso detalle me cuenta de los arcos y las columnas, de las formas redondas de lo celestial y de la cuadratura de la existencia humana. Cincuenta años llevan esos ojos recorriendo aquellas piedras.

Vemos las tumbas románicas y góticas, anónimas las unas, decoradas las otras. Vemos los anaqueles del scriptorium y la trinidad representada en el techo de la sala capitular. Me entero del recorrido vital del padre Marc, de los caminos que lo alejaron y lo reencontraron con la Iglesia. Por la tarde dejo Poblet camino del tren que me llevará a casa, y sus palabras resuenan como un salmo en mi cabeza. ¿Dónde vives?, me dice al despedirnos, y con su dedo apunta a mis pies. Aquí, respondo, y él sonríe. Uno vive donde tiene sus pies, no donde tiene su casa, me confirma. Solo hay tres cosas que deben importarte, me confía el padre Marc como regalo de despedida: saber dónde tienes los pies, respirar allí donde estés y dar las gracias por poder hacerlo. Que así sea.


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