En el laberinto marroquí

El País, 24 de Junio 2006.

Huele a menta. En el barrio de las lanas están tiñendo de verde. Probablemente el aroma se mantenga todo el día. Olerá a azafrán cuando tiñan de amarillo, a amapola cuando toque el rojo, a cedro cuando llegue el turno del marrón, a henna cuando el naranja. Los mismos pigmentos con que tiñen los cueros en las curtiembres, sólo que allí no se logran percibir. El hedor ácido y penetrante de las pieles de los animales inunda el aire, obligando a los paseantes a llevar puñados de hierbabuena bien pegados a la nariz.

Las calles de la medina de Fez -con sus 155 hectáreas, sus 150.000 tiendas, sus 14 puertas desplegadas a lo largo de sus 15 kilómetros de perímetro amurallado- representan un laberinto al que resulta difícil acceder sin la ayuda de un guía. Los trabajadores del cuero, la madera, la seda y la lana; los artesanos de la plata, el hierro, el bronce y el cobre; los sastres, y los comerciantes, y los vendedores de especias, se reparten en barrios organizados según el gremio, y entre todos circulan febrilmente las mercancías. ¡Balak, balak! (cuidado, cuidado) es el único sonido que el visitante aprende a distinguir para apartarse en el momento en que uno de los cientos de burros pasa obcecado con su enorme carga a cuestas. El entramado de luz y sombra que los distintos tipos de techumbre dibujan sobre el suelo ayuda a embotar los sentidos. Pocas veces se vieron éstos asediados por tantos estímulos. Si no son los gritos de hombres y animales, son los incesantes golpeteos de los que trabajan en sus talleres, o los aromas que envuelven el aire, o los colores que lo decoran. Todo está vivo allí, todo se mueve. Como en los túneles de un desquiciado hormiguero, nada parece dispuesto a detener su marcha, como si de ello dependiera el devenir del universo.

Nuestra entrada al país se produjo a través de Marraquech. A vuelo de pájaro, la ciudad se aparece como una mancha verde en medio del desierto. Cuenta la leyenda que los almorávides que bajaron del Atlas para fundar el país hicieron noche al lado de un pozo, en donde asaron sus corderos y comieron sus dátiles. Para sostener sus tiendas utilizaron las propias lanzas, y una vez que se fueron, el viento arrastró hasta los agujeros dejados por éstas las semillas de los dátiles que habían ingerido. Alimentados por las aguas subterráneas, nacieron así los palmerales que pueblan desde entonces ese rincón de Marruecos. El centro neurálgico de aquel antiguo oasis lo constituye en la actualidad la plaza de Yemaa el Fna, corazón de la ciudad vieja y escenario de las más diversas actividades. Saltimbanquis, contadores de historias, músicos y encantadores de serpientes se mezclan durante el día con los curanderos que ofrecen sus hierbas y con las paradas de fruta fresca. Al caer la noche, el paisaje se transforma en un hervidero de puestos de comida que ofrecen sus manjares a los paseantes. Una al lado de otra, cientos de mesas decoradas y rebosantes de platos reúnen a los comensales en largos bancos de madera, desde los que dan buena cuenta de las especialidades locales. Miles de bombillas desnudas pueblan el espacio aéreo como un ejército de luciérnagas. Han cambiado los actores, pero la febril actividad permanece, y se mantendrá encendida hasta bien entrada la madrugada.

Ait Benhadu

Algunos kilómetros hacia el sur de Marraquech, el pueblo bereber lucha por mantener su cultura al abrigo de los pliegues de las colinas del Atlas. Se trata de los primeros habitantes de la región, y han resistido el paso de fenicios y romanos, árabes y franceses. La raíz de su lengua se pierde en la noche de los tiempos y resulta al oído tan atractiva como extraña. Una cita ineludible si se tiene tiempo y ganas la constituye lacasbah de Ait Benhadu. Levantada en tierra sobre las colinas, traslada la mente a escenarios cinematográficos. Gladiator o Lawrence de Arabiase han rodado allí. Para quien quiera aventurarse, una recomendación: paciencia. Además del estado de las carreteras, en cualquier parada que se realice un enjambre de niños aparecerá de entre las piedras para pedir algo o vender lo que sea, no importa lo desolado que pueda parecer el paraje.

Por carretera también nos desplazamos hasta Fez. El viaje es largo, pero merece la pena. Interminables planicies desérticas se combinan con puertos de montaña en los que el tiempo y la historia pierden sus dimensiones. La medina de Fez es la más antigua de Marruecos y una de las más grandes de todo el Magreb. Cada uno de sus 785 barrios cuenta con una fuente de agua que abastece a los vecinos, una madraza o escuela coránica, un horno en el que las mujeres cuecen el pan por la mañana -colocando sobre cada hogaza una marca que la diferencia-, un hammam o baño tradicional en donde se relajan y purifican -en turnos bien separados- los hombres y las mujeres, y una mezquita desde cuya torre el muecín llama a oración cinco veces por día. Casi todo lo imaginable puede encontrarse en sus calles, reguero de transacciones que jamás tienen precio fijo y que nos sumergen en tradiciones de otros lugares y otros tiempos. Y todo aquí, a un paso del otro lado del Estrecho.


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