Fantasía en La Alpujarra

El Pais, 11 de Octubre 2013

Y esta de aquí es la curva del coño, nos explica Carlos. Se trata de una curva interminable que se abre sobre el final de la carretera vieja de Granada. Según nos cuenta nuestro improvisado guía, la gente, al enfrentarse a su desmedida extensión, solía exclamar “¡coño con la curva!”, por lo que quedó bautizada como la curva del coño.

Son las dos de la tarde en La Alpujarra granadina y el calor es abrasador. Nuestro coche carece de aire acondicionado por lo que todas las ventanas permanecen abiertas. El aire que viene de fuera parece escupido por un secador de pelo. Así de caliente se adhiere a nuestro rostro. De pronto, frente a nosotros, una montaña forrada de plástico. Se trata de los famosos invernaderos que proveen de frutas y hortalizas a toda Europa. Esto no es nada, nos dice Carlos. En el Ejido, en Almería, está el llamado mar de plástico, una extensión de más de veinte mil hectáreas de plantaciones cubiertas visible desde el espacio. El volumen de negocio es tal que hace confluir en el mismo punto del desierto el índice de suicidios más alto de España junto con la mayor concentración de Ferraris. Los agricultores, repentinamente enriquecidos, se compran esos coches, se juegan todo en el casino y, al perderlo, se matan, nos explica Carlos con generosas gesticulaciones.

Avanzamos por esa tierra de chirimoyas y aguacates, lo que se da en llamar la costa tropical de Granada debido a las condiciones que permiten el crecimiento de dichos frutos. El termómetro marca 42 grados cuando divisamos la entrada al pueblo de Órgiva. Se trata de un puente de siete arcos que se extiende sobre el cauce del río Guadalfeo, y por el que, según la leyenda, el Cristo del lugar se negó a pasar cuando quisieron llevárselo para restaurarlo, lo cual le hizo granjearse el incuestionable cariño de sus devotos. Si bien por su arquitectura alguien podría pensar en una posible fundación árabe, los orígenes de Órgiva se remontan a la colonia griega de Exoche. Se trata de un pueblo de indudable encanto, pero que, al igual que Lanjarón —vecino de este y famoso por sus balnearios de aguas de montaña—, no es de los más característicos de La Alpujarra. Vale la pena sin embargo visitar su iglesia —saludar al famoso Cristo— y comprobar si los cristales del reloj están en buen estado ya que, según nos cuenta Carlos, cada año en las fiestas mayores los destrozan a petardazos.
Subiendo por la montaña llegamos al primero de los pueblos blancos. Se trata de Pampaneira. Decidimos seguir hacia arriba con la esperanza de que la altura haga descender un poco la temperatura. Ya volveremos a Pampaneira cuando vayamos de regreso y el sol haya caído un poco. A ver si para entonces el aire se vuelve más respirable.

Dejamos atrás Bubión y subimos hasta los 1.400 metros en los que se encuentra enclavado Capileira, el segundo municipio más alto de Andalucía y de España. Antes de entrar nos detenemos en una caída de agua para refrescarnos un poco. Brota fresca y cristalina de entre la sombra de unos helechos y parece que nos devuelve la vida. Perdiendo toda compostura nos duchamos en ella. Toda la zona se enorgullece —y con razón— de sus manantiales naturales provenientes de Sierra Nevada.
Capileira es un intrincado laberinto de casas blancas y callecitas serpenteantes hechas con la pizarra de la zona. Los techos de las viviendas son rectos, a la usanza árabe, lo cual los vuelve poco adecuados para una zona de lluvia y nieve. Cuando los moriscos fueron expulsados en el año 1492, les fue permitido refugiarse aquí, último reducto de la dinastía Nazarí, pero tras la revuelta del año 1568 tuvieron que marcharse, dejando paso a la población cristiana. El inconveniente de los techos fue solucionado con un impermeabilizante natural hecho de una gravilla muy compacta que, además de proteger del agua, permite que en los meses cálidos una tenue hierbecilla pueble la cima de las viviendas. Esto sumado a las clásicas chimeneas “con sombrero” otorga el sello de identidad al lugar. Un café muy helado nos devuelve el alma al cuerpo, aletargado por la mezcla de la altura y el calor asfixiante.

Antes de bajar a Pampaneira damos una vuelta por Pitres. “Los bárbaros de Pitres”, se apresura a aclararnos Carlos. Parece ser que algún tiempo atrás, cuando los primeros autobuses hicieron su entrada en la comarca, los lugareños los confundieron con unos enormes bichos con los ojos iluminados y que echaban humo por el culo, y el alcalde ofreció a quien lograra matar al bicho un puerto de mar en Pitres —Pitres no tiene mar— y dos cosechas de trigo al año. Otra versión de la historia, sin embargo, atribuye el pedido del puerto de mar a la legendaria socarronería de los propios habitantes, los cuales, lejos de tomarse a mal el apodo de “bárbaros”, alimentan la leyenda plantando sardinas en los bancales y regándolas para que crezcan sanas y fuertes.

Finalmente, llegamos a Pampaneira, en cuya plaza se celebra la fiesta mayor. En realidad la misma tuvo lugar en mayo, pero como muchos de sus habitantes viven en Barcelona, la repiten en agosto para que puedan estar todos. Junto a su iglesia cuadrada y toda de ladrillo —lo cual contrasta con el blanco general del pueblo— la orquesta toca desganada música de películas con ritmo de pasodoble. Las mujeres mientras tanto cuelgan de lado a lado una soga de la que penden varias manzanas. Al poco rato y con las manos en la espalda, los niños juegan a ver quién la come primero. A Carlos lo conocimos el día anterior en un bar de La Herradura y se ofreció a acompañarnos. Su madre es de Órgiva, la del Cristo que no quiso irse. El calor comienza a perdonarnos y la fiesta se va encendiendo. Vamos a tomar una cervecita, me dice Carlos, y nos perdemos en la noche y en los bailes de la Alpujarra.


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