Flores para Machado

El País, 12 de Abril 2008.

Dejar el mercado de la plaza del Maréchal Leclerc, bajar por la calle de Camille Pelletan hasta el paseo marítimo -saludar a las barcas de vela latina amarradas en el puerto-, sentarse en alguna de las terrazas -a poder ser, la del Petit Café- cuidando de guardar la misma distancia respecto del Château Royal y de la iglesia de Notre Dame des Anges, pedir un gin-tonic al camarero y dejar pasar la tarde con la vista repartida entre el mar y la bahía, fueron ésas las instrucciones que habíamos recibido; con eso, nos dijeron, ya tienes pagado el viaje, y no se equivocaban. El campanario de la iglesia a un lado -construido sobre las instalaciones de un antiguo faro de piedra- y la silueta del castillo templario al otro enmarcan y protegen la playa y el embarcadero, y no es difícil pensar en abandonarse allí hasta que algún accidente natural o climatológico nos fuerce a llevar a cabo algún tipo de movimiento, pero la tarde avanza y es el hambre el que nos obliga a movernos, a recorrer el lugar y a enterarnos de sus secretos. He aquí a grandes rasgos lo que fuimos averiguando.

Collioure es un poblado medieval ubicado en la costa del Rosellón, allí donde los Pirineos se encuentran con el Mediterráneo. Destino privilegiado de navegantes fenicios, griegos y romanos, en el año 673 devino definitivamente puerto comercial bajo la ocupación de los visigodos, que lo bautizaron con el nombre de Caucoliberis (puerto de Elne). Entre los años 1276 y 1344 se convirtió en la residencia de verano de los reyes de Mallorca, y en 1462, recuperado el territorio por parte de Francia, se modificaron las fortalezas y la localidad adquiere su actual fisonomía. Desde entonces, los colores y la luminosidad de Collioure han inspirado a más de un artista.

Barra en forma de proa

Hay sobre la calle de Camille Pelletan, justo frente al castillo, un bar-restaurante llamado Les Templiers, en cuyas paredes cubiertas de cuadros puede leerse parte de la historia artística del poblado. Casi todos los nombres ilustres asociados a la villa -no son pocos- tienen alguna anécdota que se relaciona con el lugar, cuya barra adopta la forma de la proa de un barco. Cuentan que en el verano de 1905, y rastreando la luz inspiradora, llegó hasta allí el pintor Henry Matisse, y que, fascinado por su hallazgo, pidió inmediatamente a su amigo André Derain que le siguiera. La deslumbrante luminosidad del paisaje, así como la explosiva y armónica combinación de colores, detonaron en ambos la necesidad de formas nuevas en las que poder plasmar toda aquella voluptuosidad. Nacía así el primer movimiento vanguardista del siglo XX, el fauvismo, que negando los preceptos clásicos en el uso del color y de la perspectiva abría el campo para toda suerte de exploraciones. “El cuadro debe poseer un poder de generación luminosa. Ese poder se revela cuando la composición, puesta en la sombra, conserva su calidad y cuando, puesta al sol, resiste su destello”, explicaba su fundador en el Salón de Otoño de ese mismo año. Al parecer, ambos amigos (así como también Dufy, Maillol, Juan Gris o el propio Picasso) fueron asiduos visitantes de Les Templiers, en cuyo libro de huéspedes aún se conserva un dibujo de Collioure realizado por Matisse.

Pasear por el casco antiguo -el barrio de Mouré- nos pone en contacto con las innumerables galerías de arte que ofrecen sus obras al público. Las calles estrechas y llenas de pendientes parecen rendir tributo, en el colorido de sus paredes, a los trazos de los maestros que lo supieron descubrir. Hay de hecho toda una ruta del fauvismo, a través de la cual se puede comprender mejor el nacimiento del movimiento, veinte diferentes perspectivas con su correspondiente reproducción de la obra que la inmortalizó. Los miércoles y los domingos se coloca en la plaza un alegre mercado que parece haber sido sacado del decorado de una película. En el mismo sitio en el que antes no había nada se reparten ahora los puestos de especias y de esponjas, de quesos, panes y frutas, de flores y de ostras para tomar allí con vino blanco. Es tal el colorido que inunda los sentidos que uno sería capaz de comprarlo todo. Como para satisfacer la ansiedad, nos hacemos con un par de botellas de vino, un trozo de pan y alguna que otra variedad de queso; las anchoas, al parecer, son la especialidad del lugar.

Al salir compramos flores. A pocos metros de la entrada al cementerio de Collioure se encuentra la tumba en la que las depositamos. A grandes rasgos conocíamos la historia de Machado, de su muerte desterrada en las calles que nos cobijan. No sabíamos, sin embargo, que junto a él yace su madre, y al comparar las fechas de una tumba y de otra el alma se nos encoge: ella se fue tres días después que su hijo, palpable recordatorio de la forma en que el dolor puede extinguir una vida.

Historia de familia

Por la noche, un descubrimiento agradable. Las mesitas del Petit Café que por la tarde nos recibieron pertenecen a un local del mismo nombre que se encuentra dentro del muro, en la calle de la Prud’homie. Animo a cualquiera a que se dé una vuelta por ahí. Ya quisiera el mejor barrio de la capital más coqueta contar con un bar diseñado con tanto esmero. Las acuosas formas del techo se combinan con las terminaciones art nouveau de la barra y con las reproducciones de Alphonse Mucha que inspiraron al arquitecto parisiense que lo diseñó. Su cantinero yugoslavo, el señor Hicolitch, nos explica que pertenece al mismo dueño de Les Templiers, y nos pone al tanto de paso de la historia de la familia. Al parecer, el actual dueño heredó el negocio de su padre, y éste, del suyo, el fundador de la saga. Este último, el primero de los Pous, fue el encargado de recibir y dar de comer a los pintores fauvistas y también a algún que otro escritor. ¿Han visitado ustedes la tumba de Patrick O’Brian?, nos pregunta Rajko Hicolitch. Le explicamos que no sabíamos que estuviera enterrado allí y nos enteramos de que vivió cincuenta años en Collioure, que fue allí donde escribió la mayor parte de su obra, incluidas las aventuras del capitán Jack Aubrey y de su amigo el doctor Stephen Maturin, sobre las que se basó luego el guión de Master and comander. Parece que la cosa viene de cementerios. Al día siguiente tenemos planeado regresar por la ruta de la costa y pasar a visitar el memorial de Walter Benjamin, en Portbou. Una escalera que desciende al mar nos recuerda el punto exacto en el que, asediado por ambos costados -nazis de un lado, franquistas del otro-, decidió poner fin a su interminable huida.

Dejar el mercado de la plaza del Maréchal Leclerc, bajar por la calle de Camille Pelletan hasta el paseo marítimo -saludar a las barcas de vela latina amarradas en el puerto-, sentarse en alguna de las terrazas -a poder ser, la del Petit Café- cuidando de guardar la misma distancia respecto del castillo y de la iglesia, pedir un gin-tonic al camarero y dejar pasar la tarde con la vista repartida entre el mar y la bahía, fueron ésas las instrucciones que habíamos recibido. Obedecemos y mientras lo hacemos el aire se tiñe de despedidas. A nuestra memoria viene de pronto el epitafio de Machado: “Y cuando llegue el día del último viaje, y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, me encontraréis a bordo ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar”. Que así sea.


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