La realidad está en el ojo de quien mira

Publicado en EL PAIS, 13 de octubre de 2015.

Enriqueta Marti

Siguiendo una investigación sobre personas desaparecidas, me encuentro con el caso del secuestro de Teresita Guitart y con el personaje de Enriqueta Martí, su secuestradora. Apodada La Vampira del Raval, Enriqueta Martí fue acusada de secuestrar, prostituir y asesinar a niños para extraerles la sangre y el tuétano y elaborar con ellos ungüentos mágicos para la eterna juventud. Corría 1912 en Barcelona y el escándalo –como es de esperar– conmovió a la sociedad catalana.

La información la extraigo de un documentado artículo (La vampira del carrer Ponent) del año 2006 en el que el periodista Pedro Costa aporta datos que parecen confirmar las acusaciones. Internet me permite a continuación acceder a otro artículo del año 2014 (Enriqueta Martí, la vampira que no fue) firmado por la periodista Núria Escur en el que la hipótesis es diferente. Según esta versión, no se trató más que del sensacionalismo periodístico de la época, que gustó de convertir un simple secuestro en una versión local de Jack el Destripador. Enriqueta Martí no habría sido más que una pobre perturbada que, afectada por la muerte de su único hijo, secuestró a Teresita Guitart –la niña apareció sana y salva a los pocos días– y cargó por ello con la culpa de otros muchos secuestros y abusos de niños ocurridos por ese entonces.

Sigo indagando y descubro otras tantas voces que apuntan en una y otra dirección, además de los comentarios de los lectores que aportan sus propios argumentos. Internet pone de manifiesto la multitud de puntos de vista que puede haber sobre un mismo hecho.

Que la construcción de la realidad depende del punto de vista es algo que los escritores sabemos desde hace tiempo. La historia de un adulterio narrada por el amante o por el cónyuge traicionado resulta radicalmente diferente. Madame Bovary contada por Charles Bovary sería un libro muy distinto del que conocemos. Pero en ese caso estamos hablando de una ficción. ¿Qué pasa cuando nos trasladamos a la realidad, a la realidad tangible, esa que determina –por ejemplo– la forma del mundo físico.

Consulto con un amigo físico y me explica que, atendiendo a los postulados de la física de partículas, no hay algo ahí afuera a lo que podamos referirnos tan alegremente como la realidad, sino que lo que hay es un cúmulo de probabilidades que sólo colapsa en una posibilidad concreta frente a la mirada concreta que un observador ponga en juego. Antes de que esa mirada entre en escena, la realidad, literalmente, no existe.

Manifiesto mis reparos ante semejante afirmación y mi amigo me confirma que se han elaborado métodos para comprobar la presencia de una partícula –de una misma partícula– en varios sitios al mismo tiempo, de manera que si un observador declara haberla visto en el punto A y otro en el punto B, ninguno estaría mintiendo.

¿Dónde está, pues, la realidad? ¿Fue Enriqueta Martí un monstruo sanguinario o una víctima del sensacionalismo de la prensa? A más de un siglo de distancia debemos conformarnos con los distintos puntos de vista a los que podamos acceder. Por lo pronto sabemos que murió en la cárcel, apalizada por sus compañeras reclusas o víctima de un cáncer de útero. Dependiendo de quien lo cuente, existen diferentes versiones al respecto.


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