Naturaleza argentina en estado puro

El Pais, 06 de Agosto 2005

Alguna vez oí decir a un pescador que las olas en sí no presentan furia alguna, que es el viento el que las vuelve temibles. “Si por ellas fuera”, dijo, “serían mansas como las ballenas”. Hace algunas semanas -y en las también mansas aguas de la Península Valdés- pude evocar en más de una ocasión aquella frase.

La Península Valdés es una reserva natural ubicada a unos 1.400 kilómetros al sur de Buenos Aires, en las frías aguas de la Patagonia argentina, y es también el lugar escogido por una numerosa población de ballenas francas australes para aparearse, dar a luz y enseñar a sus crías las primeras lecciones de vida y conciencia. La forma más fácil de acceder consiste en volar hasta Puerto Madryn, y recorrer luego por tierra los 77 kilómetros hasta la reserva. Una vez allí, y desde las playas de Puerto Pirámides -único asentamiento de población en todo el parque-, resulta sencillo contratar los servicios de una de las muchas empresas que se dedican al avistaje, y compartir así una mañana con estos gigantes del mar. Personalmente recomiendo evitar las embarcaciones de gran envergadura y decantarse por los semirrígidos para la expedición. El tamaño de los mismos y la distancia que separa sus bordas de la superficie contribuyen a que casi se pueda tocar a los cetáceos, además de que el número de turistas que los prefiere suele ser inferior, lo cual siempre es de agradecer.

Advertidos de todo esto contactamos con Fernando, patrón de una de las lanchas de la empresa Moby-Dick, y de quien una amiga nos había dado las mejores referencias. La excursión, nos informan, durará unas tres horas. Nos calzamos los chubasqueros y los salvavidas que nos han facilitado y, como astronautas camino de la nave, bajamos la barranca que conduce al embarcadero. A los 20 minutos de haber zarpado, Fernando apunta su dedo hacia el horizonte y coloca la proa en esa dirección. Transcurridos otros 10 reduce la marcha hasta detenerse, y entonces apaga el motor. Es todo un momento aquél. Tras el ruido y los golpes que da la lancha contra el agua -y el viento helado que hiere el rostro y hace saltar lágrimas de los ojos-, de pronto reina la calma. La superficie del mar se muestra amable y el sol comienza a entibiar los cuerpos, permitiendo incluso que nos desabriguemos un poco.

Entonces ocurre. Así, de repente, se oye un ruido en el agua seguido de un hondo resoplido, y al girar nos encontramos con que han aparecido. A escasos dos metros de la barca asoma el negro lomo de una madre seguido del no menos impresionante torso de su hijo, ambos cubiertos de blancas callosidades. Parece ser que gracias a estas manchas se las reconoce e identifica. Hay muchas que tienen incluso nombre propio y a las que se recibe cada año como a una habitual visita. Antonia, Alicia, Docksider o Josefina son algunas de las veteranas que en más de una ocasión han venido a presentar a sus crías. Al parecer dedican tres años a cada una. En el primero se desarrolla el embrión, en el segundo lo amamantan y en el tercero le enseñan los secretos de la vida en el mar. Entre temporada y temporada viajan hacia el sur. Es en aquellas gélidas aguas australes donde encuentran abundancia de plancton y de krill, el microscópico alimento que engullen por toneladas a través de las barbas que revisten sus bocas, y que sirve de sustento a sus desmesuradas existencias.

Crías de cinco metros

  Mientras miramos un par de ellas, un nuevo ruido se oye a nuestras espaldas. Se trata de otra madre que trae a jugar a su pequeño. Las hembras adultas pueden llegar a medir hasta 16 metros, y las crías -los pequeños-, entre cuatro y cinco, es decir, la eslora total de nuestra embarcación. Este nuevo retoño se muestra más curioso que su compañero. Cuando ambas madres se alejan y el otro sigue a la suya, éste -al que hemos decidido bautizar poco imaginativamente con el nombre de Niño- parece tener ganas de quedarse un rato. Fernando nos explica que sienten curiosidad por la barca y que, como nunca nadie los ha molestado, no se muestran temerosos. “De hecho”, advierte, “no se asusten si decide rascarse contra el casco, suelen hacerlo”. Cerca de 15 minutos se quedó con nosotros. A ratos se metía bajo la embarcación y, a pesar de que Fernando sonreía y nos aseguraba que no había de qué preocuparse, a más de uno debió de pasársele por la cabeza la imagen de los tebeos en la que el chorro de la ballena levanta una lancha por el aire. En una ocasión se quedó muy quieto y con la trompa casi tocando nuestra borda. Intenté por todos los medios dar con sus ojos para saber si me miraba, pero ni siquiera logré establecer los límites de la cabeza. A menos de un metro de distancia parecía que nos observásemos, él flotando y yo de pie. En determinado momento hice el gesto de agacharme y, apenas me moví, el Niño se hundió con urgencia. Luego volvió a emerger. La reacción fue tan clara que comprendí que me miraba como yo a él, y una tibia emoción me heló el estómago. Cuando la madre vino a buscarlo, tuvo que insistir un par de veces antes de que aceptara irse con ella.

Verlas moverse es narcótico. La madre pasa por debajo del pequeño y éste se gira al verla pasar, y ahí se queda, de costado, con una aleta fuera del agua. Luego la sigue y, a una señal irreconocible para nosotros, ambos levantan la cola y desaparecen rumbo a las profundidades. Se hace imposible no pensar en el silencio. Por más que afuera haya tormenta, bajo la superficie el mar siempre está calmo. Tal vez acostumbradas a ese letargo aprendieron a moverse como lo hacen, lentas, soñolientas, mansas.

Cabeza abajo y cola afuera

Un poco más adelante nos encontramos con una cola que sobresale recta y quieta, como si de una boya se tratase. Fernando explica que muchas veces se colocan así, cabeza abajo y cola afuera, como si descansasen. “¿Es eso lo que hacen?”, le pregunto, y él me contesta que es una de las posibles explicaciones. Hay quien dice que es una postura de escucha a lo que alguna compañera esté informando, y que los saltos que dan a veces también representan una suerte de mensaje. Lo cierto es que nadie sabe a ciencia cierta cómo interpretarlos.

No sólo hay ballenas en la Península Valdés. Quien quiera recorrerla podrá disfrutar también de sus colonias de elefantes marinos, de sus loberías de lobos de un solo pelo y de sus pintorescas comunidades de pingüinos de Magallanes, así como de los guanacos y zorros que se cruzarán por el camino. Para los que elijan conducir el propio vehículo, dos recomendaciones de carácter técnico: primero y principal, cargar combustible en Puerto Pirámides, ya que serán largos los kilómetros en los que no habrá ocasión de hacerlo. Y segundo, limitar la velocidad a unos 50 kilómetros por hora, ya que el camino de ripio puede llegar a ser muy traicionero para quien no conozca sus secretos.

El final de la excursión deja a todo el mundo sedado. Nos despedimos de nuestro guía y subimos al coche. Quedan todavía unos cuantos kilómetros de horizontes patagónicos antes de alcanzar el hotel. El camino es silencioso. El sol se pone diferente en aquellas latitudes y las nubes forman un escudo dorado que enciende la estepa. Hacia allí se escapan los ojos mientras uno repasa lo visto. Callados y detenidos, sin ganas de moverse, borrachos de mar y de aletas, mansos, como ellas.


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