Nuestro cocinero Michele

El Pais, 2 de Noviembre 2012

¿A Sicilia? pregunta mi amiga Lorenza en un café del Trastévere, en Roma, cuando le hablo acerca de nuestro siguiente destino. Entonces se pone a hablarme de algunos peculiares personajes sicilianos.

Nacido en Siracusa, el matemático, ingeniero, físico y astrónomo Arquímedes fue tomado a menudo como el prototipo del sabio loco. Se cuenta de él que cierto día, mientras tomaba un baño, descubrió el Principio de Arquímedes al comprobar el modo en que su cuerpo, al hundirse en la bañera, desplazaba el nivel de líquido allí contenido, y que tan emocionado estaba que olvidó vestirse antes de salir corriendo por las calles anunciando su descubrimiento.

Siracusa representaba por esos tiempos el más grande asentamiento griego en la isla, y quedan de ello numerosas muestras, como el teatro griego. Pero más allá de los monumentos, el gran atractivo de Siracusa está en la isla de Ortigia, fundada en el año 734 antes de Cristo por Eneas y que sirvió de origen a la ciudad. El recorrido perimetral por las murallas de Ortigia tiene algo de exótico y de conmovedor a la vez. El mediterráneo, detenido como un lago —al menos en los dos días que a mí me tocó observarlo—, parece anunciar la inminente llegada de una birreme venida desde la lejana Atenas.

Internarse desde allí hacia el centro de la isla supone un shock automático para los sentidos: capas sobre capas de historia se amontonan en sus edificios. Para muestra, el templo de Apolo: erigido en un principio para celebrar el culto al Dios, fue transformado luego en iglesia bizantina, en mezquita árabe y en basílica normanda antes de quedar encerrado entre las paredes de las casuchas medievales de entre las cuales tuvo que ser desenterrado. La catedral de Siracusa combina en su interior las toscas columnas de piedra de su primer nacimiento como templo de Atenas (siglo V antes de Cristo) con las columnas dóricas del siglo VII y las corintias del siglo XVII que decoran hoy su fachada. Al ubicar la isla de Sicilia en el mapa, uno lo comprende: situada en el centro geográfico del Mediterráneo, no es de extrañar que cuente entre sus platos autóctonos con el cuscús de pescado. El nombre de Italia le resulta tan joven a este sitio como los pasos de quienes lo visitamos.

Como suele suceder con otras tantas ciudades en crecimiento, la de Agrigento, al extenderse, anexó algunos pequeños pueblos vecinos que hoy representan apenas los suburbios de la ciudad. Es el caso del pequeño pueblo de Xaos, lugar de nacimiento del escritor y dramaturgo Luigi Pirandello, creador de personajes que buscan un autor, así como de difuntos que recorren alegremente la campiña italiana. Pero el atractivo de Agrigento no está sin embargo en su centro ni en sus suburbios, sino en el valle de los templos, una serie de edificios griegos de un color rojizo que se encienden con el sol de la tarde y que constituyen tal vez las más viejas y mejor conservadas edificaciones helenas fuera de Grecia. A unos pocos kilómetros al oeste de allí se extiende la localidad de Eraclea Minoa, con sus ruinas del siglo VI antes de Cristo abandonadas junto a una playa interminable y prácticamente deshabitada. Si hay suerte, el cocinero del único restaurante, tan cerca del mar que en los días de temporal las olas bañan sus ventanas como si de un barco se tratase, les dejará asomarse a la puerta de la cocina para espiar cómo prepara sus incontestables spaghettis a la vongole.

En el año 2004, el actor italo-americano Vincet Schiavelli regresó al pueblo de origen de su familia, Polizzi Generosa, para llevar a cabo un sueño: pagó a todos los habitantes del lugar para que interpretaran durante un año y de forma ininterrumpida un papel del Quijote. Por supuesto, se reservó para él mismo el de Alonso Quijano, por lo que, quien pasara por allí durante ese año se encontraba con todo un despliegue de aparatosas armaduras y de gente que se llamaba —¿en italiano antiguo?— “vuestra merced”. Para quien quiera hacerse una idea de la estampa del pueblo, y ya que hablamos de cine, puede evocar aquel otro en el que se rodó la película Cinema Paradiso, de nombre Palazzo Adriano y que se encuentra, al igual que el de Schiavelli, en la provincia de Palermo. Salvo por el cine, que fue construido para la película, la plaza y el resto de las casas son exactamente como las vimos en la gran pantalla. Y ya que vamos de temática fílmica, una advertencia para nostálgicos: evitar a toda costa el vecino pueblo de Corleone. Ni todo el cariño que podamos sentir por la saga de El padrino hace que valga la pena el desvío.

 

El baile de ‘El gatopardo’

La ciudad de Palermo, patria del conde Tomaso de Lampedusa, es, sin duda, el sitio en el que late el alma de toda Sicilia. Los palacios más exuberantes —como aquel en el que se rodó la famosa escena del baile de El gatopardo— se mezclan aquí y allá con el bullicio y la decadencia de unas calles tan caóticas como vivas. La misma superposición frenética de épocas y de estilos que viéramos en Siracusa se encuentra aquí con la febril actividad de una ciudad de más de un millón de habitantes. En el mercado de Palermo, en la plaza de Borgovecchio, compramos pescado en uno de los puestos y nos sentamos en Da Michele para que el mismo Michele nos lo prepare a la brasa. Radio Italia suena más fuerte de lo que hubiéramos querido, pero no nos importa porque completa la estampa. Y así, comiendo spigola y bebiendo cerveza, dejamos pasar la tarde mientras repasamos mentalmente nuestra lista de personajes sicilianos.


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