Rápido, rápido, quiero ser otro

Publicado en EL PAIS, 28 de diciembre de 2015.

El cantante Camilo Sesto tiene una cara nueva. Lo mismo ocurrió hace algún tiempo con la actriz Renée Zellweger y con tantos otros, pero no por frecuente deja de sorprendernos. ¿Qué los mueve a tomar esa decisión? ¿Se sienten cómodos con el hecho de ya no ser quienes eran?

La imagen es importante. Por algo elegimos la ropa que nos ponemos y el corte de pelo que llevamos. Si alguien está deprimido no se peina ni se asea, y eso constituye un síntoma de que algo no anda bien. Según el doctor Javier Herrero, cirujano plástico, la cuestión pasa por saber qué clase de problema estoy queriendo solucionar cuando decido modificar alguna parte de mi anatomía.

Lo primero que hace cuando alguien entra en su consulta, explica, es preguntarle qué quiere cambiar de sí mismo y por qué. La cuestión consiste en discernir si el problema que el paciente trae puede solucionarse con cirugía o si en realidad se trata de un conflicto de otra índole que ha sido desplazado hacia el tamaño de sus pechos o la forma de sus orejas.

En sus 40 años de experiencia, el doctor Herrero ha visto de todo: desde chicas de 20 años que piden rejuvenecimientos vaginales hasta hombres a los que no les importa que una operación de alargamiento de pene pueda afectar su desempeño sexual con tal de verse más voluminosos. Últimamente se lleva mucho solicitar un blanqueamiento de ano. El doctor Herrero no hace ninguna de estas cosas. Una vez entró una chica en su consulta y le pidió la prótesis mamaria más grande del mercado. Así lo dijo: la más grande del mercado. El doctor Herrero le preguntó si sabía qué tan grande era eso y ella dijo que le daba igual, que quería tenerla.

Que queramos sentirnos bien con nosotros mismos resulta natural. La secuencia es más o menos la siguiente: nos sentimos bien, eso nos erotiza, y al sentirnos erotizados estamos mejor dispuestos para erotizar al otro. El problema empieza cuando creemos que podemos saltarnos el paso interno de sentirnos erotizados y buscamos el modo de erotizar al otro mediante algún artificio externo como puede ser la exhibición de unos pechos desmesurados. Esa exacerbación del erotismo despegado del propio sentir es a lo que el doctor Herrero se refiere como pornografía. Y en los últimos años le ha llamado la atención el incremento de pedidos que recibe en ese sentido. Sobre todo entre sus pacientes más jóvenes.

¿Cuánto cree que ha influido en ello el acceso ilimitado a la pornografía que Internet ha posibilitado? “Mucho”, responde. Las generaciones pasadas no veíamos tantos penes ni tantas vaginas como los jóvenes de hoy día, y eso ha influenciado no sólo la estética genital, sino los propios hábitos sexuales. Pero en última instancia, reflexiona, parece que se tratara de algo mucho más profundo, una suerte de negación del yo que va más allá de lo genital y lo estético, como si las aspiraciones de cambio que en otro momento constituían lentos procesos de transformación interior hubieran sido reemplazadas por la inmediatez de la renovación externa.

Será por eso que a Camilo Sesto o a ­Renée Zellweger no les supone un problema encontrarse con otro cuando se miran en el espejo.


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