Roma, la jungla misteriosa

El País, 19 de Mayo 2007.

Maravillosa decadencia. Ejercer de turistas en Roma es caminar entre palacios, estatuas y plazas con la respiración contenida. Y compartir una pizza en animada charla con los romanos.

Me gusta Roma porque es una especie de jungla misteriosa en donde uno puede esconderse, dice el personaje de Marcello Mastroianni en La dolce vita; y algo de eso hay. A las construcciones clásicas se van adhiriendo como la hiedra otras más modernas, palacios barrocos o renacentistas que dibujan el mapa de unas calles por las que las motos y los coches circulan sin orden ninguno. Si en París los monumentos están precedidos de graves explanadas, en Roma se aparecen superpuestos en cualquier esquina, amontonándose unos sobre los otros con el descuido con que el tiempo los ha ido repartiendo.

En Roma parece que todos estuvieran improvisando, pero que lo vinieran haciendo desde hace mucho tiempo. Cada día se levantan con un plan apenas aproximado de lo que la jornada les depara, y no porque no sepan adónde van ni a qué se dedican, sino que son esos detalles secundarios, disfraces intercambiables, accidentes pasajeros. Dos camareras somnolientas sacan a la vereda las mesas de la terraza. Falta colocar la última cuando descubren que ya no hay sitio y, sin hacerse demasiado problema, la vuelven a guardar.

Salimos a ejercer de turistas. Agobiados por la marea de peregrinos del Vaticano, descendemos la Via de la Conziliazione hasta el castillo de Sant’Angelo, concebido como mausoleo para el emperador Adriano y utilizado más tarde por los papas como refugio en épocas de revuelta. Al parecer, un pasillo subterráneo les daba acceso desde la Santa Sede. Nos giramos para obtener una de las mejores vistas que existen de la cúpula de San Pedro, y en el fondo creo que nos alegramos de ya no estar allí. La plaza es impresionante; la Capilla Sixtina y La Piedad,francamente imperdibles, pero además del amontonamiento y las colas interminables no deja de haber algo de siniestro en ese sitio, algo que evoca la peor parte de la decadencia del imperio y que aún habita en sus muros.

Leyes y dioses

Cada historia de Roma forma parte de nuestra historia. Desde el idioma hasta las leyes, desde la arquitectura hasta los dioses. Cruzamos el puente sobre el Tíber y nos adentramos por la Via del Governo Veccio en dirección a la plaza Navona, rodeados de palacios del quattrocento y del cinquecento, de tiendas de libros y de discos, y de ropa de segunda mano.

El marco impone respeto, pero hay distensión en los cuerpos, como si el ser imperio hubiera dejado la despreocupada certeza de que querer abarcar el mundo implica demasiado trabajo y ya nadie añorara esas épocas de opulencia. Como el noble al que han cesado en sus funciones y que, luego del primer impacto, comprende que aún tiene el castillo, sólo que sin las obligaciones, así habitan los romanos su ciudad.

La decadencia muestra entonces su cara más amable, como si le estuvieran diciendo a uno: “Mire, aquí están las ruinas, mírelas todo lo que quiera y, cuando se haya cansado de mirar, venga a comer una pizza, a oír música y a bailar un rato, que es lo que en definitiva importa”. Así pasan los cuerpos voluptuosos de las romanas, con suficiencia despreocupada, con soltura y desparpajo, y así lo celebran alborozados los romanos, gente que no mira poco, llenos de viejos sus parques.

Y más allá, cruzando el río, las risas llegan desde el Trastevere como ecos de los etruscos, señores de la comarca antes de que la ciudad tomara la otra orilla, de que Nerón la incendiara y la reconstruyeran, de que se erigiera en el arrabal en donde los recién llegados de todas las épocas se mezclaban.

Estuvimos en las afueras, visitando las catacumbas. De regreso bajamos del autobús para adentrarnos a pie en la ciudad a través de la puerta de San Sebastiano, una de las más grandes y mejor conservadas del muro Aureliano. Jugando a Astérix y Obélix nos dejamos envolver por la tranquilidad del bosque, descubriendo entre los árboles palacios escondidos mientras las piedras de la Via Appia vigilaban nuestros pasos.

Estatua parlante

El recorrido toma varias horas, pero vale la pena para quien guste de caminar. Entrar de esa manera le otorga otro rostro a la ciudad. Visitamos las termas de Caracalla y, luego de un rato, desembocamos en el Circo Máximo, y desde ahí, a la zona del Foro. El atardecer nos encontró mudos y lejanos, con la sensación de haber rozado el manto con el que la historia gusta de disfrazar el tiempo. La luna sale enorme desde atrás del Coliseo y los coches siguen su marcha, escandaloso recordatorio de que, ajena a tanta ruina, la ciudad continúa latiendo, salvaje y bulliciosa.

Existe al final de la Via del Governo Veccio una plaza con el nombre de Pasquino. En uno de sus rincones nos encontramos con un busto sobre el que han sido colocadas diversas leyendas en papel. Un viandante me explica que se trata de la primera estatua parlante de la ciudad, el primer weblog de la historia. Desde hace siglos viene sirviendo de pizarra para colocar críticas contra el Papa y los gobernantes. Todo lo que oprime la mente se debe decir, me explica el improvisado guía, de otra forma se queda dentro y hace daño.

La noche nos encuentra en la Montecarlo, una pizzería cuyas mesas invaden la mayor parte de la calle de Vicolo Savelli. En largas tablas comunes comemos por un precio módico. La comida es excelente, pero mejor es la compañía. Haciendo bromas con los de al lado, me explican lo curioso que les resulta oír hablar de la época de los romanos, porque es lo que ellos han sido desde siempre. Bromeando, les pregunto entonces por sus togas. Hábil de reflejos, uno de ellos alza una mano con dos dedos en V. Cinco cervezas, pide al camarero. “Las ropas las hemos cambiado, pero los números aún los usamos”. Vuelvo a Astérix un momento: están locos estos romanos.


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